1. LO QUE (SE) FUE

Ser profesor de secundario, en tiempos de aislamiento obligatorio, no es tarea sencilla. Eso ya se sabe. Voy a tratar de desarrollar algunas de esas diferencias. La primera pregunta que me aparece es qué falta de lo anterior en lo nuevo, y qué hay de nuevo en lo nuevo.

A la escuela y al aula entramos con todo lo que somos. Con el sueño de cambiar el mundo, y con el sueño de las 7:35. Hay cosas que nunca se dicen en los textos académicos, que no suenan bien. No se habla del vínculo entre la docencia y el sistema digestivo, por ejemplo. Uno se levanta lo más tarde posible, hace todo rápido (desayunar, higienizarse, viajar a la escuela) y entra al aula como si nada pasara. ¿Y si nos permitimos ir al baño en medio de una clase? Si me voy un par de minutos, voy a ser un mejor docente el resto de la clase, se los garantizo.

¿A qué viene todo esto? A que, en tiempos de aislamiento, me levanto más tarde, hago todo despacio, le doy a mi cuerpo sus exigentes tiempos, y doy la clase más tranquilo. Incluso puedo seguir desayunando mientras doy la clase (aclaración: “dar la clase” puede ser: estar conectado por zoom, responder consultas por whattsapp, pensar qué cornos hacer la próxima, o escribir consignas por plataforma, siempre con pdf adjunto). No estar en el aula habilita otro tipo de permisos. Yo no fumo, pero los que sí, ¿pueden fumar en clase virtual? Habrá que redefinir todos los permisos, con el agravante de que el “poder de sanción” está prácticamente inhabilitado (tanto para el alumno como para el docente). Esto puede ser visto como una desgracia o como una oportunidad. Voy por el segundo casillero, si me permiten.

Bien, Primer cambio rotundo. Me levanto más tarde, hago todo más tranquilo y a mis tiempos.

Segunda cuestión. Decía que uno entra al aula con todo su ser. Y uno capta la realidad a través de los sentidos. La vista y el oído, los que académicamente tienen mejor prensa. Pero los otros 3 también. Sólo quien ha entrado en pleno invierno a un aula cerrada llena de adolescentes sabe cómo es ese olor. ESE OLOR. Inconfundible mezcla de transpiración, desodorantes varios para intentar (sin éxito) tapar la transpiración, aroma a chizitos y snacks varios (el sistema digestivo adolescente también juega en este partido, pueden comer cualquier cosa a cualquier hora), y otros que me ahorro describir: usen la imaginación. Entonces, ahora doy clase con mi olor, agradable o no, pero mío.

Me quedan dos sentidos, además del común, claro, que me llevaría muchas páginas. El sabor lo voy a saltear, comer o no comer en el aula, tomar o no tomar, viejas discusiones en la presencialidad a las que no les veo sentido. La vida es con comida y bebida. Pero el tacto, ah, el tacto… Las pibas y los pibes se acercan, te tocan, te saludan, te abrazan. O se alejan, te ignoran, no entran en contacto con vos. Eso se perdió, y era una referencia importante del vínculo desde el cual se establece una clase, un momento en el que vamos a tratar de generar entre todos situaciones de aprendizaje y enseñanza. No es igual la clase ese día en que algunos te saludan, te preguntan cómo estás, si viste el partido anoche o si te gusta su nuevo corte de pelo, que ese otro día en el que nadie te saluda, no registran tu entrada al aula y siguen en la suya. El ego juega, y la piel también. No es lo mismo la tiza que el mouse. Quién hubiera dicho que íbamos a extrañar la tiza.

Quizás lo que extrañamos no es la tiza, el olor a transpiración y el aguantar las ganas de ir al baño. Quizás lo que extrañamos es la posibilidad de elegir entre todas estas maneras de hacer una clase. Todos esos detalles superficiales, que estaban latentes ahí, en la presencialidad, y ahora no están. Ahora hay otros detalles, que estamos descubriendo. Pero aquellos, no. Quiero elegir no usar la tiza, quiero elegir dejarme abrazar o marcar distancia.

Por ahora, era eso nomás. Que tengan buen día.

Comentarios

  1. Muy bueno, esperamos masssss....


    Me di cuenta como profe todo lo que significa eso que nombras como detalles insignificantes. Hasta ahora no me había dado cuenta como interactuábamos con todos los sentidos a full, como había desarrollado una habilidad para sentir la clase, ver por donde y para donde ir, ahí, en el paso a paso a partir de lo que se va generando.
    Me di cuenta que eso lo tenia cuando lo perdí, cuando no registraba nada, cuando no tenia ninguna retroalimentacion, me di cuenta que estaba fuera del agua, pero también que antes no sabia que estaba adentro.
    Me di cuenta que la clase es (era) una interacción constante y sistemática, y que ahora estaba solo.
    Siempre odie las redes sociales, las ningunee, no les di bola, lo sigo haciendo, pero ahora me doy cuenta que hay un código, una interacción, un ida y vuelta que no veo, no entiendo, no registro.

    Las cámaras apagadas es como que en la clase estén sentados de espaldas, hablarle a la nuca de alguien. No estaba preparado para eso. Tarde tres meses, masomenos, en adaptarme, o comenzar a hacerlo, cuando cai en cuenta que esto era para largo.

    Doy clase en la UBA y en un terciario en el tercer cordón del conurbano. La proporción de camaras apagadas en la UBA es menos de la mitad, en el conurba es casi 9 de cada 10.
    Mi compa dice que la diferencia es lo que tenes (o no tenes) para mostrar, porque cámara prendida es mostrar algo de tu vida cotidiana, algo de las condiciones en las que vivisestudias, asi, todojunto.

    Vos decis que le dedicas mas tiempo a tus necesidades y tiempos. Hoy, sábado a las 8 de la mañana, ponia la pava y pensaba eso: "en otro momento me tendría que haber levantado antes, no estaría tranqui en casa preparando unos mates unos segundos antes".
    Pero también me preguntaba porque esa tranquilidad no esta presente siempre, porque se combina con una tensión rara. Además con una tensión familiar diferente. Antes, si estaba cansado, me las arreglaba solo para estar y dar la clase. Ahora ademas de eso, esta/se suma, la demanda de quienes no terminan de registrar que "estas pero no estas".

    Bueno, hasta ahi. Te mandamos un abrazo y esperamos mas

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