ESPACIO CONTROLADO

 Cuando entro al aula, saludo y cierro la puerta. Y en ese gesto, estoy haciendo otra cosa: le estoy ofreciendo a los alumnos un espacio controlado. Ellas y ellos saben qué cosas pueden pasar ahí, y qué cosas jamás van a pasar ahí. Hay contratos y reglamentos, algunos explícitos, escritos y firmados. Pero otros implícitos, lo que da el tiempo de conocimiento, el vínculo, y sobre todo la confianza.

Por ejemplo, el alumno sabe que no va a entrar al aula alguien extraño a agredirlo física o verbalmente. El edificio de la escuela funciona como espacio controlado. Ya en el aula, sabe que allí están sus compañeros, que no hay chicos más grandes o más chicos, ni gente nueva: están los de siempre. Y el docente, que va cambiando. Cada docente, a la vez, con su contrato implícito: en tal hora puede venir la “lección oral sorpresa”, en tal otra jamás va a pasar algo interesante, en este horario puedo dormir, en este mejor prestar atención.

Hoy tuve clase por zoom. Siete alumnos se conectaron, sobre un total de 20. Absolutamente ninguno prendió la cámara, ni para saludar. Algunos conectaron audio y dijeron “hola profe”. Casi ninguno respondió nada de lo que pregunté a lo largo de 40 minutos.

Yo no puedo ofrecer un espacio controlado en una clase por zoom. No sé dónde ni con quien están ellos, no veo ni la silla (o la cama) ni el ambiente. Pero, sobre todo, no puedo manejar tonos y distancias: acercarme, alejarme, hablarle a un grupo en particular, hacer algún guiño para un costado. La mirada. No puedo direccionar la mirada, ni percibir quién me está mirando.

Esto, que a priori no parece relevante, resulta ser vital, por lo menos para mí. No me animo a provocar ciertos climas, porque no estoy ahí para contener las posibles reacciones. Hago un chiste y no veo si causa gracia (o si aunque sea alguno se ríe por pena). Si propongo un clima reflexivo, no se ven las emociones, esas que mirando a los pibes a la cara notamos enseguida. El oficio creo que me dio eso, y me vengo a dar cuenta ahora, sentado frene a cuadraditos negros y micrófonos tachados.

No controlar esos momentos me da temor. A hacerles daño, y también a no hacerles nada. No poder crear ese entorno de seguridades y rutinas, de certezas y contención, me inhibe. Me paraliza. Y lo que me sale es un teórico, unas preguntas retóricas poco interesantes, un chiste malo sin feedback. Veinte años de clase para darme cuenta que el espacio en el que más fuerte me sentía era en el vínculo. Y bastó una pandemia para ponerme en mi lugar. Todos los contenidos que propuse en estos años, se pueden buscar en internet o bajar en un tutorial. A demanda, cuando cada uno quiera, regulando el fluir. Incluso se pueden autoevaluar. La rutina del encuentro semanal, los rituales de entrada, de saludo, de comentario banal sobre alguna noticia, de chiste futbolero o apasionada crítica cinematográfica, el permiso para ir al baño, o para atender una llamada “urgente”, todo eso se perdió.

El pibe que se acerca y te pone su auricular para que escuches una canción que le encanta. La piba que te muestra un videíto gracioso que encontró en tiktok, y que la hizo pensar en algo que dijiste la semana pasada sobre el humor y las redes sociales. El grupito que te pide un minuto más para terminar la mano de truco, o la partida del Uno. Las pibas del fondo, que te convidan bizcochitos, y aquel otro pibe obsesionado con su dieta, que guarda un taper… ¡con fideos! La parejita que está durmiendo en el piso, al fondo, debajo de los bancos, y que espera tu chiste para levantarse. La piba que lee reconcentrada un libro enorme, abstraída del griterío. El pibe que te mira, en silencio desde que entraste, esperando que lo mires para hacerte una sonrisa tímida. Para decirte con los ojos que está contento de que seas vos el que está ahora acá. Porque con vos está seguro. Porque con vos, aunque no aprenda mucho, sabe que nada malo va a pasarle.

Todo eso que pasa antes o después (¡o durante!) la “clase”, todo esto también es la escuela. O mejor: ESO ES LA ESCUELA.

Y nada más.

Comentarios

  1. Para mí, que trabajo con el cuerpo, la virtualidad me obligó a aprender otro lenguaje. Me planteo constantemente por qué hago lo que hago, por qué la presencia del alumno/a está atada a la obligatoriedad, y dónde quedó el deseo de aprender y de crecer, el deseo de... conectarse... con uno mismo... con los otros.
    Las cámaras apagadas también son un signo del límite. Nuestras casas, hogares, espacios son abiertos cuando uno lo desea así. Es violento hablarle a cuadraditos negros de micrófonos tachados. Es digno pedirles a nuestros alumnos/as que enciendan la cámara, tal vez ayudándonos entre todos a poner palabras a lo que nos pasa y les pasa. A construir un nuevo espacio de encuentro. Tiene que ser un encuentro para que haya aprendizaje.
    No creo que todo lo que enseñás se pueda encontrar y aprender en forma virtual. Para mí la escuela es un experiencia más que un espacio. Me pone en jaque: creer en lo que tengo para ofrecer, creer en alguien que tiene para recibir y devolverme esa experiencia en algo enriquecedor para todos.
    Lo que me trae este momento educativo son preguntas, búsquedas, hastío, dolor, ganas de encontrarnos, de volver a lo fundamental, que claramente se funda en la conexión con el alumno pero no se reduce a eso.

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  2. Gracias Marce! Muy interesante todo lo que decís, me dejás pensando varias cosas. No todos nuestros colegas tienen ganas de reencontrarse, está rara la cosa. Lo de la violencia, coincido totalmente. Tiene que ser un encuentro.

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