ATENCIÓN LIBREMENTE FLOTANTE
Hoy estaba charlando con alguien (no, no voy a decir que con mi psicólogo) y en un momento apareció esa expresión: “atención libremente flotante”. Podríamos definir esta actitud como estar alerta, con tiempo libre, pero las frecuencias enfocadas a captar algo nuevo, algo interesante. Y que ese algo encuentre espacio y tiempo, se puede acomodar con lo que ya tenemos. Si tengo mi estantería abarrotada de adornos, no hay lugar para uno nuevo.
Creo que esta idea se puede articular con
otras que vengo rondando desde la docencia: la idea de “espigador@s” de la
cultura (espigar=buscar entre la maleza, entre los restos de la cosecha, algo
que sirva), la idea del docente siglo XXI como un “cruzador de fronteras”
(Bacher dixit), la aventura de “sacarnos corsés” (Emiliozzi). Ir al encuentro
del estudiante, de su cultura, de sus gustos e intereses. Pero ir de verdad. No
a buscar coincidencias, sino ir a ver eso que me molesta, que a priori me
provoca rechazo, me parece feo, malo, sucio. Puede ser un género musical, una
rama de la literatura, los memes, los videojuegos, las apps y redes sociales.
Lo que sea.
Es que si retomamos aquella idea de que
solo se puede generar aprendizaje si partimos de algo conocido, primeros
tenemos que conocer a nuestros “sujetos”. Nunca creer que ya lo conocemos.
Porque la adolescencia y la juventud se caracterizan por desmarcarse todo el
tiempo: cuando creés que los conocés, cambian, giran, salen hacia otro lado. Es
la historia de la cultura. Por eso propongo: siempre hay un lugar hacia al cual
ir. Si quieren, podemos usar la ya gastada expresión “salir de la zona de
confort”. Pero es que es tan adecuada y tan cierta, que la usamos para todo. El
obstáculo creativo no tiene mucha prensa en el ámbito docente. Si un escritor
se propone hacer una novela en verso, bien por él. Si un músico compone una
melodía utilizando objetos caseros en lugar de instrumentos, interesante. Si un
chef mezcla sabores y se arriesga, bravo. Pero si un docente intenta acercarse
a los emergentes (y los sumergidos) de la cultura adolescente y juvenil, ah,
demagogo, irrespetuoso, peligroso, antiacadémico.
La escuela tiene ese doble rol, esa
ambigüedad contradictoria: sostiene el sistema y el canon, y enseña a
cuestionarlo, a deconstruirlo, verle los hilos (casi siempre economicistas). La
idea de contracultura, muy setentista, nunca se fue. Si hay algo establecido,
hay algo alternativos, en los bordes, en los márgenes. Y ese algo tiene algo de
lo central. Dice algo sobre lo central. Está diciendo cómo somos como sociedad,
que valoramos, que todavía no, que aparentemente no vamos a valorar nunca.
El camino está lleno de trampas, porque se
mueve. Lo que hoy es alternativo, media hora más tarde se vende en la tienda
online de la app. El rock y su grito pidiendo libertad, igualdad, justicia, era
alternativo y revulsivo. Pero, como dicen Saborido y Capusotto, el sistema
grabó ese grito, lo puso en un disco, y lo vendió por millones. Después, se
sentó a esperar que el rock vuelva a gritar.
El camino está lleno de trampas, porque se
mueve. Y yo lo muevo. Cuando llevo el rap al aula, lo pedagogizo, lo
institucionalizo, deja de ser alternativo. Igual lo llevo. Pero sigo buscando.
Ya aparecerá lo nuevo. Para encontrarlo, tengo que tener “atención libremente flotante”.
Estar atento, con el pensamiento lateral activado, las barreras bajas. Y con
lugar en el baúl.
El camino está lleno de trampas, porque
puedo quedar en ridículo. No voy a explicarle yo a un adolescente lo que es su
cultura. Ellos, si me habilitan, si me gano su respeto desde la sana
curiosidad, me van a explicar. Y eso se construye, no es de un día para el
otro. Algunos docentes, pocos, han desarrollado incluso la habilidad de hacer
que los pibes sean quienes traigan lo nuevo al aula. Una vez una chica de 4°
año me dice: “En Inglés ya terminamos con el programa, así que ahora estamos
analizando letras de canciones que traemos nosotros”. Mi aplauso para la profe,
donde quiera que esté.
La pandemia y el aislamiento me han
limitado en mis movimientos de espigador, de cazador de tendencias (así le
dicen en marketing, “cool hunters” en inglés, cazadores de lo ‘cool’). En la
presencialidad, cuando veo a un estudiante que, a escondidas, escucha música
ocultando sus auriculares, mi primera pregunta es “¿qué estás escuchando?”. Lo
mismo cuando están jugando, trato de entender la lógica del juego, y de la
movida que puede haber atrás de eso. Observo mochilas, pines, cartucheras,
accesorios y tendencias. Pregunto, y dejo espacio para la respuesta. Trato de despojarme
de los prejuicios (¡imposible!). Muchas veces la primera respuesta es “no lo
conocés”, o algo genérico para sacarme de encima. Los estudiantes secundarios,
sobre todo del ciclo superior, están acostumbrados al desprecio, a la
ignorancia, a que lo de ellos no importa. Esa barrera lleva tiempo cruzarla. Se
cruza con respeto, con escucha, con cariño, con humor. Y con tiempo disponible.
Eso es lo más difícil. Tiempo.
Sepan que además de hacer nuestra clase más
interesante (y su sinónimo, riesgosa), estamos aprendiendo. Ellos nos enseñan.
Nos muestran su mundo. Además, aprenden a valorarlo. De esas cositas va a salir
la cultura del futuro. Mi rock nacional y mi amor por la agenda electrónica
Casio como tecnología eran ignorados o burlados por mis docentes. Hoy el
celular no se discute, y el rock nacional está en el prime time.
Así que, a arremangarse (¿otra vez?) y a
meterse en el barro, a ver qué hay de nuevo, viejo, Que hay de útil, de
creativo, de inesperado. Cuidado con las trampas. El pase al futuro viene con
peaje. Pero vale la pena.
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