CONTRA LO BREVE
Luego del impacto inicial de pandemia y aislamiento, ese periodo en el que atiborramos a los estudiantes con tareas y clases por zoom, empezaron a circular entre docentes distintas guías de recursos digitales. Cursos, jornadas, apuntes, sugerencias, novedades. Pizarras digitales colaborativas, videos en tiktok, memes, tuits. Maneras de aggionar nuestros viejos trabajos prácticos, esos documentos de Word con 5 preguntas sobre un texto largo y aburrido. Los chicos de hoy están usando estos nuevos, lenguajes, vamos hacia ahí, metamos nuestras narices, espiguemos ese territorio desconocido de los emergentes de la cultura adolescente de hoy.
Ja.
Pizarra digital colaborativa. Padlet,
jamboard… Podés escribir con colores flúo. Elegir tipografías y fondos. Algunos
te hacen una nube de palabras, con las más nombradas en mayor tamaño, y un
diseño divertido y automático. ¡Qué lindo! Alguno ya lo usó y dice en el grupo
de whattsapp que a sus alumnos les encantó.
A ver, repasemos. Cuando estaba en aula,
¿alguna vez invité a todos mis alumnos a que se paren y escriban algo en el
pizarrón? ¿Pegué un afiche o cartulina y les dí marcadores para que escriban y
dibujen la idea o sentimiento que les quedó de lo que vimos/hicimos/hablamos?
Bueno, esto es lo mismo. Si nunca lo hice antes, ¿por qué habría de hacerlo
ahora? Salvo que antes no lo haya hecho porque me parecía un descontrol (todos
parándose al mismo tiempo a escribir). En estas pizarras digitales tampoco hay
mucho control, es todo bastante anónimo. Y sobre todo, y a este punto quiero
ir, todo breve. La brevedad, la síntesis, como valor casi supremo. El meme, el
haiku, el tuit, la palabra suelta. Menos es más.
¿Menos es más?
La mayoría de los docentes que hoy
ejercemos, fuimos educados en la cultura del libro (o aunque sea de la
fotocopia del libro). Los que nos jactamos de tener vocación docente, amamos
los libros. Los leemos y releemos, subrayamos y resaltamos, fotocopiamos y
compartimos. Pero resulta que ahora no sirven más. Escucho en un curso muy
progre sobre pedagogía que alguien pide “muerte al pdf”. Entonces, pasando en
limpio, lo que fue bueno para mí, lo que me hizo pensar y ser quien soy, no es
bueno para el que viene, para el que se está formando. Ah, ok.
Entiendo que los tiempos cambian, no soy un
nostálgico del pasado. Pero quiero marcar algunas cosas:
Meme, tuits y tiktok no son los únicos
consumos que entusiasman a los adolescentes: también miran transmisiones en
vivo por Twitch y otras plataformas, de varias horas, donde algún gamer les
muestra como juega, hace chistes, les muestra su casa y su vida. También leen
sagas de libros interminables, o miran películas de esas sagas, y series de 18
temporadas (Grey’s Anatomy, Friends, son vueltas a ver una y otra vez por
nuevas generaciones).
Entonces no es que todo tiene que ser
breve. Lo extenso también puede funcionar, Pero por algún motivo, los docentes
que queremos cambiar la forma de enseñanza/aprendizaje, nos hemos fijado en
esto de la brevedad.
El meme es un chiste basado en alguna
imagen o estereotipo cultural, levemente modificado o adaptado a otro contexto.
Puede ser una conclusión interesante sobre un tema, puede dar cuenta incluso de
una comprensión o aprendizaje sobre algo. Pero también puede ser una porquería,
puede ser discriminatorio, simplista, superficial. Puede ser muy gracioso y al
mismo tiempo tener una mirada demasiado ácida, nihilista, negativa sobre la
realidad. En este curso de pedagogía se compartieron varios memes sobre la
escuela en tiempos de aislamiento. Esos del tipo “mi imagen de perfil/ mi
imagen real”, o “yo después de 3 horas de zoom” y alguna imagen de una persona
con su aspecto físico muy descuidado (según parámetros de imagen provenientes
de un dudoso sentido común). Hay mucha lectura para hacer atrás de estos memes.
“Estar 3 horas frente a la pantalla hablando a alumnos con cámaras apagadas me
pone muy nervioso”, por ejemplo, sería una interpretación. Pero no dice nada acerca de por qué quedé
así, con los pelos parados y los anteojos torcidos. ¿Por culpa de los alumnos,
que no notan mi esfuerzo? ¿Porque no sé manejar las tecnologías, porque nadie
me formó para eso? ¿Porque si no tengo poder para reprimir, para obligar, no
puedo coordinar una clase?
De todos modos, cuando la gente comparte
memes en el ámbito educativo, no hace interpretaciones. Se ríe, dice “jaja,
está buenísimo”, y se da por concluida la actividad. Puede que hacer un meme
sea una novedosa forma de evaluación, para un grupo de estudiantes que ya haya
pasado por la experiencia de escribir una reflexión medianamente extensa ( 15 o
20 líneas sobre algo). Pero para chicas y chicos que todo el día miran memes,
leen tuits y miran tiktok, pedirles brevedad es negarles la posibilidad de
reflexión que nosotros sí tuvimos. Claro que al alumno ya “institucionalizado”,
ese que le agarró la onda al verso y puede escribir dos carillas muy correctas
sin decir nada, a ese sí, pedile un tuit, que resuma, que presente una imagen
en vez de tantas palabras. Pero al pibe promedio del secundario no. A ese lo
condenamos a la brevedad, a la superficialidad sin reflexión, al chiste rancio
y vacío.
¿Saben qué pasó en mi curso de pedagogía
progre cuando a los docentes les pidieron como desafío que presenten una imagen
como conclusión de un tema? ¡La mayoría presentó fotos que incluían textos! Un
grafitti, una frase con linda letra y un paisaje de fondo, cosas así. No podían
zafar del uso de la palabra. Ahí sí, ahí vale lo breve y lo no verbal. De todos
modos, creo que después tiene que venir la explicación la charla, la reflexión,
la discusión.
A lo mejor, todo empezó sin que nos
diéramos cuenta, con twitter, con las charlas Ted. Todo empezó con desafíos
creativos, obstáculos puestos de modo lúdico, y sobre todo, puestos a un sector
de intelectuales que acostumbraba extenderse en el tiempo o en el papel por
demás. Como egresado de Ciencias Sociales, afirmo haber leído enormes textos
que repetían la misma idea, una y otra vez, con diferentes palabras y ejemplos.
Haber asistido a clases teóricas de tres horas y no haber entendido
absolutamente nada.
Pero puedo decir hoy que mi formación
intelectual es la que me permite darme cuenta de eso. Hay que leer muchos
textos largos para poder entender cómo los autores pueden lograr ese artificio.
Hay que escuchar horas y horas de teóricos para comprender como entrelazar
conceptos de modo interesante con la voz como única herramienta. Y luego, hay
que escribir muchas monografías, dar muchas lecciones y exámenes orales, y
responder muchos parciales presenciales de esos “para desarrollar”, para darse
cuenta de que no es tan fácil, de que hay que tener un manejo del lenguaje muy
amplio y versátil para hacer eso. Y recién ahí, emprender el camino de regreso,
deconstruir, tratar de volver a lo simple, a lo breve.
Pero lo simple y lo breve como resultado de
una lectura, de una reflexión, de un aprendizaje.
En síntesis, hay que aprender a ser
larguero, repetitivo y tedioso, para luego desaprender y ser simple,
entretenido, breve. Ese primer paso no estuvo de más; es un escalón necesario.
Si queremos que nuestros alumnos suban de dos en dos, o de tres en tres… se van
a caer.
Anexo: dos historias en primera persona,
que cambiaron mi mirada sobre este tema:
·
En mi adolescencia, participé
activamente de grupos parroquiales católicos. Llegué a ser muy amigo de un
sacerdote joven. Y observé que sus “sermones” (la homilía, esa charla que da el
cura en medio de la misa) a veces eran largos y repetitivos, machacando sobre
la misma idea con distintos ejemplos, y otras, era breve y directo. Un día le
pregunté las razones de estos cambios. Me explicó que él, mientras hablaba,
miraba a la gente a los ojos. Y en esa mirada, se daba cuenta si entendían la
idea o no. Ese instinto, ese oficio, definía el largo de la exposición. Tan
sencillo, tan difícil.
·
Cursé en 1987 Teoría de la
Comunicación I. La titular de cátedra, una mujer de cuarenta y pico, daba
largos teóricos, interesantes, pero difíciles de seguir. Claro, no teníamos un
celular en el bolsillo para distraernos. Pero conservo todavía lo que escribía
yo, aburrido en el margen de mi cuaderno de apuntes: poemas delirantes, listas
de cosas. Me interesaba, pero me aburría. Veinte años después me anoté en una
maestría que dictaba esta misma profesora. Y me encontré con una mujer de más
de sesenta que ahora daba unos teóricos más breves, atrapantes, brillantes.
Muchos de los conceptos eran los mismos que veinte años antes, pero la forma de
exponerlos era radicalmente distinta. Iba haciendo una especie de síntesis en
el pizarrón mientras hablaba (siempre admiré a esa gente que puede escribir y
mirarte al mismo tiempo). Y al final, siempre le quedaba una forma que ella
llamaba “la tortuga”, porque se ´parecía a un caparazón, pero hecha de
palabras, flechas, relaciones y conceptos. Una foto, un resumen en imagen de
esa clase teórica. Le había llevado todo ese tiempo desarrollar esa manera de
explicar. No me la olvido más.
(dedicado a Franco Lutens, donde quiera que estés, y a Alicia Entel y sus "tortugas")
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